domingo, 28 de febrero de 2016

"LOS MOLOFOQUIS"

Como podría  llamar hoy día a esas personas o ciudadanos que se dedican a fastidiarnos la vida. Que pareciera que  desde que el día empieza su único propósito es inventar la forma de molestarte o  interrumpir tu paz. Para citar ejemplos, el  vecino  que llena tu zafacón con su basura, o que se parquea mal  en el estacionamiento del edificio  impidiendo que tú puedas estacionar tu vehículo. O aquel que como si te acechara para que cuando atinas a robarle un rato de sueño a un sábado o domingo coloca en su más alto volumen y  en la peor calidad de sonido un género musical que te causa la mayor de las náuseas. O simplemente, el imprudente conductor que bloquea las intersecciones cuando llevas la mayor de las urgencias solo porque él  se cree ser la encarnación de algún Dios mitológico., O el más  genial de estos ciudadanos,  el mago del infortunio, que te desaparece los centros de aros de tu vehículo, o el celular de tus manos en lo que tu parpadeas.  Creo que llamar a  todas estas personas “los  Molofoquis” seria ofender a todos los  inocentes muchachos  del barrio  que solo tratábamos  de divertimos sanamente con un juego de pelota en las calles del barrio.
 Durante toda mi niñez hasta principios de mi adolescencia era parte de mi rutina diaria el jugar pelota (base ball) en las calles de mi barrio o urbanización como fue denominado el lugar donde crecí. Era una cita casi obligatoria todas las tardes para  todos los muchachos  y algunos que otros  de  lugares  aledaños  a los cuales ya les habíamos concedido  la ciudadanía  o permiso de  residencia en  nuestro barrio, juntarnos para este evento.
Un día jugábamos pelota en frente de la casa de Fiji;  justo en el  otro frente estaba la casa de un niño  que se había  recién mudado en el barrio y aún no había hecho amistades con nosotros el grupo de muchachos. Fiji, su vecino del frente nos comentó que   su mama le había dicho que ese niño era hijo de madre dominicana,  que su  padre era de origen extranjero, y  que esta familia  venía a residir a la Republica Dominicana por asuntos de  algún tipo de trabajo diplomático del padre. El niño aparentaba ser  dos o tres años más joven que el promedio de la edad de nuestra generación,  y lucía un poco introvertido. Mientras nuestro juego de pelota transcurría el niño permanecía sentado en la galería de su casa como un espectador desde su palco abonado y a su lado la muchacha del servicio que lo atendía. Mientras esperaba mi turno al bate  en una que otra ocasión logré escuchar al joven cruzar palabras con su niñera y  me pareció  un personaje sacado de los muñequitos de la televisión, hablaba un español perfecto, pronunciaba todas las palabras correctamente sin cortar ninguna, ni mucho menos  comerse una “s”, e  incluía  un  vocabulario  exquisito, sin modismos, ni dominicanismos, cosa muy extraña para un niño de esa edad y en esa época. Mi sorpresa fue  aún  mayor cuando el niño empezó a hablarle en inglés a su madre. Si raro era para  mí  escuchar a un niño hablar correctamente castellano, más raro era uno  que hablara  inglés.
El juego de pelota siguió su curso, y le tocaba el turno al bate a  Wilson, quien  tenía como  estrategia  hacer muchos gestos, muecas, y decir palabras amenazantes con el objetivo de poner un poco de presión sicológica al equipo contrario en especial al pitcher o lanzador; regularmente Wilson hacía un swing violento al primer lanzamiento para dar más dramatización a su estrategia de amedrentamiento,  y fue justo en ese momento  cuando el bate se zafó de sus manos y voló dando vueltas por el aire  como un bumerán.
El bate chochó contra la pared de la casa del niño recién mudado, el impacto causó un gran estruendo, seguido de un gran silencio de todos los muchachos que participábamos del juego, y como siempre la suerte actuó a nuestro favor. Solo faltaron unos cuantos centímetros más arriba para que el bate hubiese roto todo el ventanal de cristal del frente de la casa. La joven del servicio o niñera salió en bola de humo hacia la galería y desde allí nos gritó con voz enfurecida:
“Rompan ei’ vidrio, baisa e’ Molofoquis.  Todos quedamos un poco paralizados por el susto, pero más asustados  aun con la expresión, la cual no lográbamos descifrar, o más bien saber  que nos quisieron decir. Después de este suceso decidimos dejar por  terminado el juego y todos marchamos a nuestras casas.  Yo permanecí por varios días pensando en aquellas palabras. Luego unas semanas después, cuando unos cuantos  de los que estuvimos presente nos reíamos de lo  que sucedió aquel día, mi amigo Kiko, logró explicarnos  la famosa frase. Se trataba de que  aquel niño había estado dando clases o mejor dicho, enseñando a  decir malas palabras en inglés a su niñera, la cual con su  acento del cibao las  repetía como perico y las hacia parte de su léxico ordinario. 
Finalmente gracias a mi amigo interprete entendí que la traducción de la frase “ Rompan ei’ vidrio, baisa e’ Molofoquis”, no era más que un llamado de atención o advertencia irónica de “Cuidado con romper el vidrio balsa de hijos de su Madre”, digo esto así, para no caer en lo grosero y citar literalmente lo que la niñera pensó realmente nos decía mentando nuestra madres en inglés. Desde aquel dia, los “Molofoquis” es el adjetivo de mi vocabulario personal para etiquetar a esa raza de individuos que actúan sin el menor rasgo de moral y civismo, y que lamentablemente en nuestro país esa especie ya se ha convertido en una plaga que se come nuestra sociedad. Pero como dije en principio, creo que llamar “Molofoquis” a los ciudadanos que exhiben estos comportamientos indeseables, seria ofender a todos mis amigos de infancia que solo nos divertíamos sanamente. A pesar de todo creo que, aún estamos a tiempo para rociar a nuestros hijos con el repelente apropiado e inocularlos con la vacuna de valores, y justicia para que no sean contagiados o picados por esta temible plaga.

Postdata: Hoy día aquel niño  llamado en la historia el  recién mudado  es un excelente   embajador de la República Dominicana en un país lejano de oriente.


viernes, 19 de febrero de 2016

EL SABIO DE LAS 4 ESTACIONES



Todo  inicio de año trae consigo tres grandes cosas, unas cuantas libras demás, innumerables deudas, y un  paquete de metas o nuevos propositos.

Dentro de mis proyectos de este año que recién comienza, me ha surgido la idea comenzar a escribir, asi que sin dar muchos rodeos los dejo con esta historia y su paralelo con una reseña de mi persona.

Cuenta una leyenda que había una vez un sabio, alquimista, filósofo, y matemático que pasó gran parte de su vida dedicado a encontrar la fórmula de la perfección y  la vida eterna.

El sabio estaba convencido que con la mezcla de los cuatro elementos, tierra, agua, aire, y fuego podría lograr su objetivo, pero lo difícil era encontrar las proporciones adecuadas  en que se  deberían  mezclar cada uno de los elementos para obtener su propósito.

El sabio desarrolló una serie de algoritmos matemáticos que le permitían  hacer  estimaciones acerca de la cantidad de años podría vivir tomando  determinada mezcla de los 4 elementos. Con el tiempo y a través de prueba y error  perfeccionó su formula y según sus estimaciones tenía una pócima que  le garantizaba una vida de 2,623 años.  Sin embargo no se atrevía a tomarla porque le preocupaba el hecho de que de  antemano ya sabía la fecha en que le tocaría morir. Dentro de sus planteamientos había determinado que para lograr el “Estado de la perfección y la vida Eterna” los cálculos y ecuaciones de las mezclas  debían dar como resultado el número infinito;  con esto aseguraría que viviría para siempre y en un estado de perfección.

Justo unos meses después de cumplir  50 años mientras revisaba sus anotaciones, el sabio se dió cuenta  de que siempre  había estado equivocado; descubrió que tenía un error en sus  cálculos y que  el “Estado de la Perfección " y "El de la vida Eterna”,  no eran variables que podían expresarse matemáticamente, ni mucho menos a través de la alquimia. Observó que  estos dos estados estaban regidos por una relación que el mismo había definido como “ley de la NO coexistencia”, es decir que no podían existir de manera  total  al mismo tiempo.

Después de este descubrimiento el sabio decidió cambiar   su base de estudio, que hasta ese momento había sido la alquimia y las matemáticas,  y empezó a buscar la solución  en el pensamiento filosófico.

El sabio llegó a varias conclusiones: La primera de ellas fue, el convencimiento de que la vida eterna y el estado de la perfección absoluta eran  condiciones exclusiva de un ser supremo y que este ser no estaba hecho de  ninguno de los 4 elementos. Descubrió que la longevidad no viene dada por los muchos  años que puedas vivir, sino el  legado que dejas  y  el tiempo que puedas perdurar en la memoria de los que te conocieron.

Asi que, en lo adelante se dedicó a recopilar todas sus memorias, y experiencias de vida las cuales publicó en cuatro volúmenes que los llamó “Las 4 Estaciones”. En ellos explicaba, poniendo su vida como ejemplo, como las personas deben aprender a cambiar  del mismo modo en que la naturaleza se  prepara y crea las condiciones para cada  cambio de estación, y como  debemos ajustar  nuestras vidas para las diferentes situaciones que nos tocara enfrentar. Saber cuando llega nuestra primavera para mostrar nuestro mayor esplendor. Reconocer ese  verano interno, en esos momentos que estamos cargados de energía, de ese calor de nuevas ideas y nuevos proyectos. Endurecer nuestras raíces y permitir que el viento se lleve  aquellas hojas que hay que olvidar, porque es nuestro otoño, y  finalmente enfrentar el frio invierno de nuestros miedos y miserias.

Esta historia es un traje hecho a mi medida,  no soy un sabio, ni mucho menos pretendo serlo,  pero durante mis dias de colegio y universidad fui un apasionado de las matemáticas. Soy ingeniero químico de profesión lo que equivale a un alquimista  del  siglo XXI, que trata cada día de  mezclar los elementos que nos trae la cotidianidad para obtener la compleja molécula  de la felicidad y mantenerme en el estado del buen humor. Soy un ser humano más que convencido que la mejor oportunidad para reír es ahora mismo, y que el mejor verbo para conjugar en cualquier idioma y  en tiempo  presente, es el verbo reír.

Yo,  al igual que el sabio de la historia, al arribar a mis  50 años me doy cuenta que he estado equivocado en muchos aspectos de la vida tratando de resolverlos desde el punto de vista de la lógica y las matemáticas; siento que aun me falta mucho por crecer, y acojo sus conclusiones, reconociendo la existencia de ese  ser supremo, eterno y perfecto que es Dios del que soy temeroso; y  ya sentado  en la antesala  de un  calendario  que empieza a cobrarme las facturas  pendientes, he querido a partir de este año 2016 recopilar mis memorias, o lo que aun pueda recordar de ellas, la idea es narrarlas  en forma de anécdotas,  experiencias de vida y reflexiones;

Aprovechando la oportunidad que nos brinda la tecnología he decidido compartirlas  con  cada uno de mis amigos y conocidos, publicandolas en este humilde blog, el cual, por razones obvias  llevará por nombre: “El sabio de las cuatro estaciones”.

 Los que me conocen sabrán que todas mis historias estarán cargadas del buen humor, la jocosidad y el pensamiento positivo que me caracterizan. Siempre pensado que mañana el día será mejor.

Igual que el gran sabio, cuando ya no esté,  deseo perdurar a través del tiempo en la memoria de los que me conocieron y dejar algún punto  referencia a aquellos  a quienes alguien les hable de mí.
Finalmente, deseo que mis historias sean de su agrado, y espero escuchar las críticas y comentarios,  o  me  bastara  un simple “like” o “no like”, todo será  importante en la búsqueda de  mejorar cada día. Pueden seguirme el la direcion:


Reciban un fuerte abrazo.