jueves, 9 de marzo de 2017

El Carnaval Del Día a Día.


Para nosotros los dominicanos el cierre del mes de febrero lo marca el carnaval de Santo Domingo con nuestro tradicional desfile  de carrozas, comparsas y personajes típicos de esta fiesta cultural. Aunque en realidad, en algunas regiones del país las manifestaciones carnavalescas  llegan  hasta el final  de la celebración de la cuaresma, yo de manera muy particular,  pienso que  nuestro carnaval  dura el año completo años tras años. El  gran  colorido  de la autentica  dominicanidad  y  la   diversidad de personajes  que desfilan por nuestra vida  nos hacen sentir que estamos en carnaval  día por día.  A quién de nosotros  no le ha tocado compartir en alguna ocasión con la “MUERTE EN YEEPE”, me refiero a esas personas de nuestro circulo  que cargan consigo una nube de pesimismo y mal agüero, que cada vez que hablas con ellas siempre están expresando una queja y criticando de manera exagerada  lo mal que va el país, y que solo nos espera la muerte. Desde tempranas horas de la mañana la mayoría  los  locutores de  los programas radiales asumen el personaje califé, con  sus versos  criticones, no paran de hablar y chismear de la vida personal de toda la  clase política, social y cultural del país, sin dejar de mencionar que los diarios  de mayor circulación, nos presentan la espectacular y coordinada  coreografía montada por la comparsa de los  “ALI BABA”  y sus 40 ladrones vestidos con regios trajes de marca, y coloridas corbatas, que a ritmo agitado de redoblantes  se llevan el país antes nuestros ojos sin que podamos hacer nada. Igualmente todos conocemos una “ROBA LA GALLINA” aquella vecina, amiga, o compañera de trabajo, de cuerpo de gran volumen en todas sus partes, por demás  alegre, coqueta, y que  gusta del trago,  pero a su vez,  boca sucia  y plebe, capaz de  rellenar con un boche a cualquiera sin miramientos.

En mi adolescencia tenía un amigo hijo de padres divorciados, él quedó viviendo con su padre. Después de un tiempo su padre se casó nuevamente y  en consecuencia mi amigo adquirió una madrastra; ésta era  una señora con grandes  ínfulas de riqueza,  apelaba siempre a lo sonoro de su apellido para llenarse  la boca diciendo que provenía de una  familia bastante adinerada. Los apellidos en nuestro país son como las baterías, siempre vienen con un lado positivo y otro negativo, y si aplicamos esta condición a la riqueza nos encontramos que dentro de un mismo apellido hay unos muy ricos, mientras otros son  muy pobres.

El padre de aquella señora fue a pasar un tiempo a casa  de su nuevo yerno.  Poco a poco mi amigo y  Don Joselo se fueron integrando. Don Joselo, resultó ser  una persona muy afable, conversadora y  aparentaba provenir  de raíces muy humilde. En alguna ocasión mi amigo comentó que  de acuerdo a las historias contadas por Don Joselo había algo que no le cuadraba con la tal ascedencia de acaudalada riqueza de donde decia su madrastra provenir.

Un día sábado del mes de febrero salí a dar una vuelta por las calles de barrio, y decidí pasar por casa de mi amigo, de camino se me incorporaron par de panas mas, y  ya próximos a la casa, vimos una gran  aglomeración de muchachos que vociferaban y se arremolinaban alrededor de alguien, apuramos un poco el paso a ver qué sucedía. Ya un poco más cerca, pudimos entender el coro y estribillo de la multitud que gritaba:  “Se  me muere Rebeca, ay ay, se  me muere Rebeca ay, ay, Roba la gallina y palo con ella, Roba la gallina y palo con ella”….

El personaje central de la conmoción era un señor de unos 60 a 65 años, disfrazado de mujer con un llamativo vestido  largo cubierto de  lentejuelas , una peluca despeinada color caoba, abultados senos, y exagerado trasero, montado en elevadas zapatillas de plataforma, bailando al ritmo del corillo de los muchachos  y un desafinado sonsonete de improvisados instrumentos de hoja lata y botellas de vidrio. El sexy travesti danzaba con  los brazos abiertos como si se  balanceara  en la cuerda floja. Era confuso distinguir si su balanceo era  provocado por buscar equilibrio con  las zapatillas  o por  el “jumo” que llevaba. En cada movimiento de vaivén rociaba a la multitud con  una lluvia de destellos luminosos provenientes del reflejo del sol en todas la piezas de bisutería que cargaba en su cuerpo.  En todo este ambiente de algarabía de carnaval se respiraba un etílico olor a “romo del malo” que emanaba de una botella abierta y se le  sumaba la cooperación del aliento del personaje. Mis amigos y yo nos abrimos paso entre el muchacherío para ver más de cerca el espectáculo. La cara del protagonista  parecía un “collage” hecho de  sudor, maquillaje mal aplicado, y un exceso de pintalabios rojo chillón que le chorreaba como helado expuesto al sol. Este  camuflaje no me  permitía  identificar a la persona que encarnaba el personaje, pero toda su vestimenta me parecía habérsela visto al alguien con anterioridad.  La borrachera luchaba  por llevar al personaje  al suelo y él se resistía, agarrándose  con una mano a la verja frontal de la casa de mi amigo y con  la otra levantaba un vaso “foam” lleno de ron como si se guindara de él para no caerse.

Un vehículo se aproximaba por la calle y desde cierta distancia tocaba la bocina para advertir al tumulto de gente  que fueran abriendo el paso, hizo un giro hacia la derecha  y se detuvo, quedando con el frente justo a la entrada de la marquesina y como si fuese a embestir al disfrazado señor;  instantáneamente se desmotaron el conductor  y los pasajeros, el papa, la madrastra y mi amigo. El padre de mi amigo caminó hacia la puerta corrediza donde guindaba el personaje, y aprovechando una brecha de silencio del  coro y la bulla,  dijo con voz incomoda; “  ¿Que es lo que está pasando Aquí? , entonces el grotesco  personaje se soltó de la rejas y se  abalanzó hacia el padre de mi amigo  Don Daniel  abrazándolo por detrás del cuello y  comprimiendo  sus falsos senos contra  su pecho. Soltó un aliento de suplica con la lengua estropajosa diciendo: “Don Daniel. , perdóneme y ecuseme, pero hay que conservar la tradición”.  Don Daniel al descubrir que la figura  histriónica de  “ ROBA LA GALLINA” era interpretada por su querido suegro Don Joselo,  quiso soltar una sonrisa,  pero inmenso tufo a  ron del personaje le desfiguraba el rostro como quien hace muecas. Después de aquel día, aquella tan prestigiosa señora no volvió a hablar jamás de su  rica y distinguida ascendencia.

 El carnaval nos brinda la oportunidad de llevar  una máscara o disfraz para dejar de ser nosotros  y convertimos en otro, o simplemente despojarnos de aquellas caretas que hemos decidido aceptar que la sociedad nos imponga, pero su verdadera esencia hipócrita y contradictoria nos acompaña e incentiva a  no abandonar  nuestra mascara,  en ocasiones con caras demoniacas y debajo ellas perfecto ángeles de Dios, y en otras, mostrando  una abundante sonrisa mientras en su interior se cocina sancocho de inmundicias y maldades.

Me apego a la frase de Don Joselo, “Hay que conservar la tradición”.