Para nosotros los dominicanos el cierre del mes de febrero lo
marca el carnaval de Santo Domingo con nuestro tradicional desfile de
carrozas, comparsas y personajes típicos de esta fiesta cultural. Aunque en
realidad, en algunas regiones del país las manifestaciones carnavalescas
llegan hasta el final de la celebración de la cuaresma, yo de
manera muy particular, pienso que nuestro carnaval dura el
año completo años tras años. El gran colorido de la
autentica dominicanidad y la diversidad de personajes
que desfilan por nuestra vida nos hacen sentir que estamos en
carnaval día por día. A quién de nosotros no le ha tocado
compartir en alguna ocasión con la “MUERTE EN YEEPE”, me refiero a esas
personas de nuestro circulo que cargan consigo una nube de pesimismo y
mal agüero, que cada vez que hablas con ellas siempre están expresando una
queja y criticando de manera exagerada lo mal que va el país, y que solo
nos espera la muerte. Desde tempranas horas de la mañana la mayoría los
locutores de los programas radiales asumen el personaje califé, con
sus versos criticones, no paran de hablar y chismear de la vida personal
de toda la clase política, social y cultural del país, sin dejar de
mencionar que los diarios de mayor circulación, nos presentan la
espectacular y coordinada coreografía montada por la comparsa de
los “ALI BABA” y sus 40 ladrones vestidos con regios trajes de
marca, y coloridas corbatas, que a ritmo agitado de redoblantes se
llevan el país antes nuestros ojos sin que podamos hacer nada. Igualmente todos
conocemos una “ROBA LA GALLINA” aquella vecina, amiga, o compañera de trabajo,
de cuerpo de gran volumen en todas sus partes, por demás alegre, coqueta,
y que gusta del trago, pero a su vez, boca sucia y
plebe, capaz de rellenar con un boche a cualquiera sin miramientos.
En mi adolescencia tenía un amigo hijo de padres divorciados, él quedó viviendo con su padre. Después de un tiempo su padre se casó nuevamente y en consecuencia mi amigo adquirió una madrastra; ésta era una señora con grandes ínfulas de riqueza, apelaba siempre a lo sonoro de su apellido para llenarse la boca diciendo que provenía de una familia bastante adinerada. Los apellidos en nuestro país son como las baterías, siempre vienen con un lado positivo y otro negativo, y si aplicamos esta condición a la riqueza nos encontramos que dentro de un mismo apellido hay unos muy ricos, mientras otros son muy pobres.
El padre de aquella señora fue a pasar un tiempo a casa de su nuevo yerno. Poco a poco mi amigo y Don Joselo se fueron integrando. Don Joselo, resultó ser una persona muy afable, conversadora y aparentaba provenir de raíces muy humilde. En alguna ocasión mi amigo comentó que de acuerdo a las historias contadas por Don Joselo había algo que no le cuadraba con la tal ascedencia de acaudalada riqueza de donde decia su madrastra provenir.
Un día sábado del mes de febrero salí a dar una vuelta por las calles de barrio, y decidí pasar por casa de mi amigo, de camino se me incorporaron par de panas mas, y ya próximos a la casa, vimos una gran aglomeración de muchachos que vociferaban y se arremolinaban alrededor de alguien, apuramos un poco el paso a ver qué sucedía. Ya un poco más cerca, pudimos entender el coro y estribillo de la multitud que gritaba: “Se me muere Rebeca, ay ay, se me muere Rebeca ay, ay, Roba la gallina y palo con ella, Roba la gallina y palo con ella”….
El personaje central de la conmoción era un señor de unos 60 a 65 años, disfrazado de mujer con un llamativo vestido largo cubierto de lentejuelas , una peluca despeinada color caoba, abultados senos, y exagerado trasero, montado en elevadas zapatillas de plataforma, bailando al ritmo del corillo de los muchachos y un desafinado sonsonete de improvisados instrumentos de hoja lata y botellas de vidrio. El sexy travesti danzaba con los brazos abiertos como si se balanceara en la cuerda floja. Era confuso distinguir si su balanceo era provocado por buscar equilibrio con las zapatillas o por el “jumo” que llevaba. En cada movimiento de vaivén rociaba a la multitud con una lluvia de destellos luminosos provenientes del reflejo del sol en todas la piezas de bisutería que cargaba en su cuerpo. En todo este ambiente de algarabía de carnaval se respiraba un etílico olor a “romo del malo” que emanaba de una botella abierta y se le sumaba la cooperación del aliento del personaje. Mis amigos y yo nos abrimos paso entre el muchacherío para ver más de cerca el espectáculo. La cara del protagonista parecía un “collage” hecho de sudor, maquillaje mal aplicado, y un exceso de pintalabios rojo chillón que le chorreaba como helado expuesto al sol. Este camuflaje no me permitía identificar a la persona que encarnaba el personaje, pero toda su vestimenta me parecía habérsela visto al alguien con anterioridad. La borrachera luchaba por llevar al personaje al suelo y él se resistía, agarrándose con una mano a la verja frontal de la casa de mi amigo y con la otra levantaba un vaso “foam” lleno de ron como si se guindara de él para no caerse.
Un vehículo se aproximaba por la calle y desde cierta distancia tocaba la bocina para advertir al tumulto de gente que fueran abriendo el paso, hizo un giro hacia la derecha y se detuvo, quedando con el frente justo a la entrada de la marquesina y como si fuese a embestir al disfrazado señor; instantáneamente se desmotaron el conductor y los pasajeros, el papa, la madrastra y mi amigo. El padre de mi amigo caminó hacia la puerta corrediza donde guindaba el personaje, y aprovechando una brecha de silencio del coro y la bulla, dijo con voz incomoda; “ ¿Que es lo que está pasando Aquí? , entonces el grotesco personaje se soltó de la rejas y se abalanzó hacia el padre de mi amigo Don Daniel abrazándolo por detrás del cuello y comprimiendo sus falsos senos contra su pecho. Soltó un aliento de suplica con la lengua estropajosa diciendo: “Don Daniel. , perdóneme y ecuseme, pero hay que conservar la tradición”. Don Daniel al descubrir que la figura histriónica de “ ROBA LA GALLINA” era interpretada por su querido suegro Don Joselo, quiso soltar una sonrisa, pero inmenso tufo a ron del personaje le desfiguraba el rostro como quien hace muecas. Después de aquel día, aquella tan prestigiosa señora no volvió a hablar jamás de su rica y distinguida ascendencia.
El carnaval nos brinda la oportunidad de llevar una máscara o disfraz para dejar de ser nosotros y convertimos en otro, o simplemente despojarnos de aquellas caretas que hemos decidido aceptar que la sociedad nos imponga, pero su verdadera esencia hipócrita y contradictoria nos acompaña e incentiva a no abandonar nuestra mascara, en ocasiones con caras demoniacas y debajo ellas perfecto ángeles de Dios, y en otras, mostrando una abundante sonrisa mientras en su interior se cocina sancocho de inmundicias y maldades.
Me apego a la frase de Don Joselo, “Hay que conservar la tradición”.