En innumerables ocasiones he tratado de explicarme o entender esas fuerzas internas que nos tientan o impulsan a romper las reglas. Cruzar un semáforo en rojo, tomar un parqueo para embarazadas o discapacitados, bricarnos las filas, o la más grave de todas, tomar lo que no es nuestro. Los entendidos en estrategias de negocios las llaman “potenciales instintos de líderes agresivos” y otros califican estas acciones como “estrategias de supervivencia”. Por mi parte, esto no es más que querer aplicar “tigueraje” o pensar que los demás somos unos P…, y no pariguayos precisamente.
Desde muy temprana
edad mi madre y mi tía Dilcia me llevaban a misa y al catecismo sabatino. Un
día después de misa mientras caminábamos de regreso a la casa le pregunte a mi
tía, ¿qué hacían con el dinero que se recolectaba durante la misa en
esas canastas? Mi tía me dijo que eso se llamaba ofrendas, y que este
dinero, Dios se lo llevaba al cielo. ¿Cómo así? Pregunté sorprendido. Mira
Chiki eso es un milagro, me dijo tía Dilcia. Ves cuando te pones a jugar con la
acetona mientras yo me quito el esmalte de las uñas, cuando te la pones en las
manos se evapora, es decir que se te va de las manos y no la ves, así mismo se
van esas monedas de las ofrendas al cielo con Dios.
Pasé toda la semana pensando en esta explicación de mi tía, y ansioso de que llegara el sábado para contarle lo aprendido a mi amiguito y compañero de catecismo Erick. En mi clase de catecismo, como estrategia de motivación, seleccionaban semanalmente los dos niños que participaran más activavamente en las clases y hubieran realizado todas sus tareas para que estos llevaran las canastas de las ofrendas en la misa de Domingo. Mi amigo y yo decidimos preparamos bien con ese propósito y un par de semanas después fuimos selecionados.
Llego el día del esperado evento y minutos antes de empezar la misa nos dieron las instrucciones de lugar, a mi amigo le tocaría hacer la colecta del ala derecha de la iglesia y a mi del ala izquierda. Realizamos el recorrido, acompañados de un adulto, luego entramos a la sacristía y dejamos las canastas sobre una mesita. Mi amigo y yo ya habíamos planeado quedarnos dentro de la sacristía para ser testigo del milagro de la evaporación del dinero al cielo. Esperamos un rato y nada sucedía, por un momento se me ocurrió que debido a la perturbación causada por nuestra presencia el milagro no ocurriría.
La misa terminó,
el padre entró en la sacristía, se quitó su indumentaria, sacó su pañuelo, lo
abrió sobre la mesita y procedió a vaciar el contenido de las canastas en el,
juntó las cuatro esquinas del mismo, las ató con un nudo, como el hatillo
del chavo del ocho y lo entró dentro de uno de los bolsillos delanteros
del pantalón. En ese momento sentí que quien deseaba evaporarse era yo. Quedé
en un estado de shock, más inmóvil que el crucifijo que colgaba en la pared. El
cura nos miró y con su acento español nos dijo: “Chicos todo ha terminado, podéis
id a casa en paz. Gracias por su colaboración”.
La semana siguiente Erick puso más empeño que la anterior y volvió a ser seleccionado para recoger las ofrendas. Al terminar la misa se me acercó, abrió la palma de su mano y me mostró una moneda de 25 centavos, toda una fortuna en esa época y en forma muy irónica me dijo: “Si el padre Cesar puede, ¿porqué yo no”? Debo de confesar que esto me marcó de tal manera que duré muchos años alejado de la iglesia.
Ahora mirando al pasado me pregunto: ¿Fui el culpable que mi amiguito Erick encontrara desde niño una justificación para sus malos actos, y hoy sea un alto funcionario corrupto con varias acusaciones por tomar el dinero del estado? ¿O culpo a mi querida tía Dilcia? Que por no maltratar mi inocencia, no me dijo, en un lenguaje que yo pudiera entender, que la iglesia tenia gastos, de luz, agua, mantenimiento, obras de bien social, entre otros que se pagaban con el dinero de las ofrendas o con donaciones de los feligreses y el padre era la persona encargada de administrar ese dinero.Tal vez simplemente nadie debe cargar con esa culpa.
Solo nos tomaría dos segundos hacer una retrospectiva en nuestra memoria y determinar, si lo que yo denomino “las fuerzas internas del mal” que nos están impulsando a romper la reglas en un determinado momento, provienen de una desinformación, un paradigma mal concebido, o simplemente una forma de justificarnos nosotros mismos alegando que “Si los demás lo hacen ¿porque yo no?”.
Si aun después de esta reflexión no logramos sofocar el instinto de hacer algo que sabemos que no es correcto,tal vez deberíamos ser capaces de tomarnos dos segundos más, inclinar los ojos al cielo e implorar: “Dios mío, haz el milagro: Evapora esto que estoy sintiendo”
Eduquemos a nuestros hijos en la fe de Dios, con buenos ejemplos y hablémosle claro. Ya caperucita no es apellido roja, sino la señora de Feroz.
Pasé toda la semana pensando en esta explicación de mi tía, y ansioso de que llegara el sábado para contarle lo aprendido a mi amiguito y compañero de catecismo Erick. En mi clase de catecismo, como estrategia de motivación, seleccionaban semanalmente los dos niños que participaran más activavamente en las clases y hubieran realizado todas sus tareas para que estos llevaran las canastas de las ofrendas en la misa de Domingo. Mi amigo y yo decidimos preparamos bien con ese propósito y un par de semanas después fuimos selecionados.
Llego el día del esperado evento y minutos antes de empezar la misa nos dieron las instrucciones de lugar, a mi amigo le tocaría hacer la colecta del ala derecha de la iglesia y a mi del ala izquierda. Realizamos el recorrido, acompañados de un adulto, luego entramos a la sacristía y dejamos las canastas sobre una mesita. Mi amigo y yo ya habíamos planeado quedarnos dentro de la sacristía para ser testigo del milagro de la evaporación del dinero al cielo. Esperamos un rato y nada sucedía, por un momento se me ocurrió que debido a la perturbación causada por nuestra presencia el milagro no ocurriría.
La semana siguiente Erick puso más empeño que la anterior y volvió a ser seleccionado para recoger las ofrendas. Al terminar la misa se me acercó, abrió la palma de su mano y me mostró una moneda de 25 centavos, toda una fortuna en esa época y en forma muy irónica me dijo: “Si el padre Cesar puede, ¿porqué yo no”? Debo de confesar que esto me marcó de tal manera que duré muchos años alejado de la iglesia.
Ahora mirando al pasado me pregunto: ¿Fui el culpable que mi amiguito Erick encontrara desde niño una justificación para sus malos actos, y hoy sea un alto funcionario corrupto con varias acusaciones por tomar el dinero del estado? ¿O culpo a mi querida tía Dilcia? Que por no maltratar mi inocencia, no me dijo, en un lenguaje que yo pudiera entender, que la iglesia tenia gastos, de luz, agua, mantenimiento, obras de bien social, entre otros que se pagaban con el dinero de las ofrendas o con donaciones de los feligreses y el padre era la persona encargada de administrar ese dinero.Tal vez simplemente nadie debe cargar con esa culpa.
Solo nos tomaría dos segundos hacer una retrospectiva en nuestra memoria y determinar, si lo que yo denomino “las fuerzas internas del mal” que nos están impulsando a romper la reglas en un determinado momento, provienen de una desinformación, un paradigma mal concebido, o simplemente una forma de justificarnos nosotros mismos alegando que “Si los demás lo hacen ¿porque yo no?”.
Si aun después de esta reflexión no logramos sofocar el instinto de hacer algo que sabemos que no es correcto,tal vez deberíamos ser capaces de tomarnos dos segundos más, inclinar los ojos al cielo e implorar: “Dios mío, haz el milagro: Evapora esto que estoy sintiendo”
Eduquemos a nuestros hijos en la fe de Dios, con buenos ejemplos y hablémosle claro. Ya caperucita no es apellido roja, sino la señora de Feroz.
Un abrazo, y hasta
la próxima entrega.
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